Justicia y memoria
Le tocó acusar a los arquitectos del horror en la provincia donde todo empezó.
Tucumán fue el ensayo general del terrorismo de Estado. Cuando se reabrieron los juicios, después de las leyes de impunidad, a Alfredo Terraf le tocó ponerle voz a la acusación. No llegó ahí por casualidad: llegó después de toda una vida.
El blindaje moralEl Capitán Viola y los dos demonios
En el rugby, Terraf había forjado una amistad con el hermano del Capitán Humberto Viola. El 1 de diciembre de 1974, un comando del ERP asesinó a tiros a Viola y a su hija de tres años, María Cristina, frente a su casa. Terraf repudió el crimen, fue al velatorio en el Comando del Ejército y acompañó durante décadas a la viuda.
Ese antecedente lo blindó. Cuando, treinta años más tarde, las defensas militares intentaron la «teoría de los dos demonios» —tildar a fiscales y jueces de ex guerrilleros movidos por la revancha—, con Terraf no había por dónde. Un abogado radical, jugador de rugby, cercano a las víctimas de la guerrilla. Cuando Bussi quiso pintarlo de militante de izquierda, respondió que, si tuviera que juzgar a los asesinos del Capitán Viola, lo haría con la misma fuerza implacable.
La preparaciónDespertarse a las cuatro de la mañana
El juicio de 2008 le exigió todo. Al recibir el caso entendió que su sobrepeso sería un problema para las extenuantes jornadas: empezó un régimen estricto, bajo control, para reacondicionar su corazón. Después se encerró. Prohibió las visitas en su despacho y delegó todo en su secretaria, para no contaminar su objetividad ni con la presión del bussismo ni con la de los organismos que exigían resultados.
Estudió el expediente como un monje. Se despertaba todos los días a las cuatro de la madrugada para escribir a máquina, apoyado en el análisis psicológico que hacía su esposa de los imputados. Estructuró los delitos, las imputaciones, la jurisprudencia. Entendía la función fiscal no como una lectura de cargos, sino como la construcción de una acusación pública entendible para el tribunal, las víctimas y la sociedad.
«No se necesita haber pasado por la facultad de derecho para darse cuenta de la gravedad y la contundencia de las pruebas.»Terraf, ante la teatralización de la defensa
El estrado«Profesional de la mentira»
Bussi llegó al juicio demacrado, con barba crecida e inhalando oxígeno. Terraf exhibió las pericias que confirmaban que no lo necesitaba clínicamente, y lo desnudó: lo llamó «profesional de la mentira», «estafador» y «cobarde». Cuando el ex general intentó deslegitimarlo reflotando la reunión de 1987 —lo acusó de «soberbia», de «venganza», de «político fracasado» y «pedigüeño»—, Terraf le contestó que «la infamia que acaba de decir se compara con su historia de vida». Y entonces, ante todos, giró sobre su eje y le dio la espalda mientras el represor seguía hablando.
No reservó sus embates solo para los imputados. A los hijos de Bussi, legisladores provinciales, los cuestionó por no renunciar a sus fueros para asumir la defensa de su padre y, en cambio, «salir por los medios ladrando en contra de este fiscal». Los llamó «cobardes viscerales».
El alegatoLa figura del genocidio
El 26 de agosto de 2008 pronunció su alegato: dos horas y cincuenta minutos sin pausa. Tenía todo planificado, salvo la apertura, que improvisó en el instante exacto en que el presidente del tribunal, Gabriel Casas, le dio la palabra. Pidió prisión perpetua e inhabilitación absoluta y perpetua para Bussi y Menéndez como coautores mediatos —los que dominaban el aparato organizado de poder— de un «plan terroríficamente planificado».
Su aporte más audaz fue insistir en tipificar el accionar estatal como genocidio. El tribunal no condenó bajo ese tipo penal primario, pero incorporó la figura del genocidio en los fundamentos del fallo: un precedente histórico en el país. También pidió y consiguió que a Bussi le quitaran su grado de general, «por indigno de vestir el uniforme» —condena que la Corte Suprema ratificó en vida del represor.
El castigo«No pueden terminar en un country»
Hubo condena, pero el tribunal les concedió la prisión domiciliaria por la edad y la salud. Bussi fue a parar a su casa en el exclusivo country de Yerba Buena, con asados y Club House. A Terraf lo indignó. Anunció un recurso de casación para llevarlos al pabellón común de Villa Urquiza —el mismo penal lúgubre donde había padecido Vargas Aignasse— y resumió su idea del castigo en una frase que recorrió el país.
«La calidad de los delitos cometidos por ambos no amerita que terminen sus días en un country, sino en una prisión.»Página/12 · entrevista, 2008
2010Jefatura: el que no reconocía su letra
Dos años después llegó la megacausa por el centro clandestino que funcionó en la Jefatura de Policía: 22 víctimas. En el banquillo, el comisario Roberto Albornoz, jefe del temible Departamento de Inteligencia (D2), se declaró un simple «perejil de cuarta» sin poder de mando. Terraf le puso enfrente los archivos recuperados, con su firma y sus sellos como Jefe del D2. Albornoz, sin inmutarse, dijo: «Me da la impresión de que esos sellos los colocaron después de mi firma».
Terraf pidió de inmediato la pericia caligráfica de Gendarmería. El resultado fue lapidario: todas las rúbricas eran suyas. La coartada se derrumbó. Menéndez y Albornoz fueron condenados a prisión perpetua. Cumplido el ciclo, Terraf presentó su renuncia, que el Poder Ejecutivo aceptó con efecto desde el 1 de septiembre de 2010.
«Mi intención fue poner voz a todos aquellos que no podían hablar.»
Alfredo Terraf — homenaje «Memoria y Presente», Legislatura de Tucumán
Causa Vargas Aignasse · 2008
El primer gran juicio de lesa humanidad en Tucumán
Por el secuestro, los tormentos y la desaparición del senador provincial Guillermo Vargas Aignasse —32 años, profesor de física— detenido la madrugada misma del golpe y sacado de Villa Urquiza con el engaño de que lo liberaban.
Veredicto 28/08/2008: prisión perpetua para Bussi y Menéndez · firme en la CSJN · figura de genocidio en los fundamentos
Causa Jefatura de Policía · 2010
La estructura represiva policial, al banquillo
Por la muerte y desaparición de 22 víctimas en el centro clandestino de la Jefatura. Frente a la negativa de Albornoz, jefe del D2, Terraf llevó la prueba documental y la pericia caligráfica que demolieron su coartada. Cerró la acusación tras cinco horas de alegato.
Veredicto 08/07/2010: prisión perpetua para Menéndez (19 homicidios) y Albornoz (17)